14junio2012

El canto de las estancias y la ciudadela de Coyhaique Bajo

Escrito por Oscar Aleuy en Columnas de Cultura

El verano de 1940 fue muy especial para los que trabajaban en La Estancia. En medio del fervor de las sierras, el ronroneo de motores de los Buick, los talleres del herrero y el canto de las manijas de esquila, se diría que surgía desde el fondo de los corazones una cantinela imprecisa de vida que respondía al fervor incontrolado de los ojos que miraban el porvenir. Aquel año era jefe de los Talleres de maestranza don Francisco Colomés, quien tenía a su cargo un selecto grupo de trabajadores, Camilo Olave el mecánico y Elbaldo Novoa el ayudante del mecánico de esquilas.

En esos aires imprecisos del primer Coyhaique Bajo, otra comparsa a cargo del jefe mecánico Guillermo Cayún levantaba los vellones de los piños apacibles, mientras que en El Coyte esquilaba la tercera cuadrilla a cargo de Miguel Ancaguay con su ayudante Luis Petizo Sáez, todos hombres acreditados con un mes justo en cada faena para luego irse a esquilar borregas en Baño Nuevo donde les esperaban 102 mil ejemplares para el trasquile. En Ñirehuao existían unos 7 mil ejemplares de plantel y también de plantel y consumo, mientras que los que iban a Arroyo Verde esquilaban casi la misma cantidad de ejemplares, o sea, unos 30 mil en Arroyo y otro tanto en la estancia El Coyte. El trabajo requería una combinación similar en cada faena, esto es, 26 manijas en total, quedando 3 de repuesto por si faltaba alguien o se ausentaba por imprevistos algún esquilador.

Después de cada jornada de esquila, emergían ordenadamente en cada galpón de acopio unos 4 mil fardos de lana. La lana que salía de Baño Nuevo era embarcada hasta la sección de la compañía de la Agrícola, donde quedaba acopiada la más grande cantidad, que surtía los diferentes puntos con los camiones respectivos: Coyhaique Bajo y Alto, Baño Nuevo y Ñirehuao, por donde transitaban sin detenerse 16 camiones en total. Doce de ellos eran Ford y cuatro eran Mann. A ellos se sumaban 2 camiones Buick que había traído de Argentina Esteban Stone, hermano de Willy, en 1934.

La mayoría de los choferes que manejaron camiones en las inolvodables temporadas de esquila eran contratados en calidad de free lance, o sea como temporeros. Se destacan Bonker, Cuadra, Alvarado, Olave, los 4 hermanos Solís: Carlos, Sergio, Jorge y Germaín. Ellos son los pioneros, antes de que llegaran Humberto Mansilla, Juan Barría, Pedro Schultheiss, Francisco Quezada, Pancho Osses y Román Cañada. Mientras los avances del camión cubrían todos los frentes y los bolsones de lana iban directamente hacia los duros enfrentamientos contra sendas mal preparadas para tan temerarios viajes, la otra cara de esto estaba representada por el encierro de las fraguas, el calor y los fierros del taller de don Eleodoro Novoa, el herrero de la Estancia, a quien sus mismos compañeros apodaban El Zapatero de los Caballos. Este hombre se integró tempranamente a las faenas, el año 1901, cuando recién estaban proyectando las concesiones y arrendamientos.

Era Jefe de Herrerías y Maestro Mayor en los ámbitos de la estancia y había llegado de Nirivilo, Constitución, contratado para abrir la senda Puerto Aysén-Coyhaique. Este hombre tardaría tres meses en llegar desde su ciudad a Aysén en un penoso viaje por Argentina. Su misión finalmente consistió en la correcta mantención de carros y camiones para que las operaciones de traslado de la lana no sufriera contratiempos.

Es sabido que en aquellos años 20 carros salían con lana desde el galpón de esquila de Los Leones; otros 20 desde Coyhaique Bajo hasta el 57; los siguientes 20 desde el 57 hasta el Correntoso; luego hasta el Balseo, hasta llegar a Puerto Dunn, en una sincronizada operación de postas que emulaba faenas similares efectuadas en Gran Bretaña. Novoa debió preocuparse de la mantención de alrededor de 85 carros, aparte de atender los camiones y también las herraduras de cientos de caballos. Y en esa inolvidable estancia (el buen estar de la gente), se percibían las figuras inmarcesibles de sus gentes, ataviadas con el estigma del trabajo que nunca se detiene. Eleodoro Novoa era herrero en la Compañía y junto a Cayún parecían ser los hombres de más confianza de los ingleses.

A José Cayún lo mandaban para que vaya a hacer herramientas donde él, descubriéndose muy conocido de este personaje tan especial. Lo mismo el doctor Schadebrodt, que atendía partos, dolores de muelas y todo lo que fuera padecimiento o enfermedad con las recordadas recetas de jugo de huesillos, con el que era capaz de sanar muchas dolencias imaginarias. En aquel mismo ambiente de estancias, pasaron los recuerdos de las primeras ramadas, cuando definitivamente era un desbandado total en la estancia, todos bajaban a las ramadas, a comer, a bailar, a romancear. Entonces estaba el entrenador de los marcarruedas, el recordado camionero Pancho Quezada. Eso ocurría antes que entregaran los sitios en 1930. Era una comunidad muy unida en torno a las labores intensas del trabajo de animales. Notables eran las figuras de Huenchuleo que enfrentaba en las domaduras a los mismísimos gauchos de la Argentina, derrotándolos en cualquier lance.

Memorialista de “Las Huellas que nos alcanzan”®

Oscar Aleuy

Aquí en mi ciudad natal, las sombras no existen. Sólo el espacio diáfano con olor a frutillas silvestres y un poco de fumarolas a las siete y media de la mañana. Yo soy memorialista...

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